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DON JUAN MANUEL DE ROSAS y los Historiadores

Posted by on 7 septiembre, 2011

Tomando como punto de referencia a la práctica biográfica, el presente es un análisis de  diferentes trabajos historiográficos que poseen, a primera vista, dos características en común: en primer lugar,  su carácter biográfico, y en los casos elegidos, el protagonista en común es una figura histórica que ha generado gran cantidad de polémicas y controversias, el Brigadier don Juan Manuel de Rosas.

Diferentes escuelas y corrientes historiográficas han recorrido, a lo largo del tiempo, multiplicidad de caminos que permitieron el abordaje de los objetos de estudio oportunamente propuestos. Entre estos caminos, el de la biografía es, quizá, uno de los más antiguos y más recorridos por los historiadores. Su preeminencia o su desprestigio académico variaron en función de una ya clásica discusión de las Ciencias Sociales en torno a la relación que se puede establecer entre individuo y sociedad.

La suposición de que la historia podía verse reducida a la suma de las biografías de un número limitado de protagonistas, predominó en una época en que se concibió al héroe como centro de la sociedad. Los personajes de esta historia pertenecían a la elite gobernante y en sus vidas se reflejaba el mundo de entonces.  A medida que la disciplina histórica fue diversificándose, sumando e integrando el aporte de otras ciencias, diferentes paradigmas se posicionaron como dominantes. Hoy, ante la ausencia de un paradigma dominante y ante la simultaneidad y convivencia de varios de ellos, surge irrelevante la descalificación de diferentes corrientes y herramientas historiográficas, imponiéndose como legítimo el eclecticismo metodológico y teórico.

En este sentido, y tomando como punto de referencia a la práctica biográfica, analizaré diferentes trabajos historiográficos que poseen, a primera vista, dos características en común: en primer lugar,  su carácter biográfico, y en los casos elegidos, el protagonista en común es una figura histórica que ha generado gran cantidad de polémicas y controversias, el Brigadier don Juan Manuel de Rosas.

Diversos autores, correspondientes a diferentes vertientes ideológicas y escuelas historiográficas, han abordado, desde su espacio, ese desafío.  Sabiendo que,  en el campo histórico, como en la vida misma, la pretensión de alcanzar una única verdad resulta, al menos, ilusoria, encontramos tantas diferentes aproximaciones al personaje histórico, como historiadores abocados a tan ardua tarea.

Mientras que desde la “historia oficial”, revitalizada a partir del siglo XX por el aporte de la “Nueva Escuela Histórica Argentina[1] ,  la figura de Rosas traía aparejada una fuerte connotación crítica y negativa; desde el revisionismo se transformó en una bandera que debía necesariamente ser reivindicada. Lo cierto es que, ya sea condenado terminantemente por la historiografía academicista, tanto como exaltadamente reivindicado por los cultores de la “contrahistoria”, la vida y trayectoria de este protagonista de la historia argentina, ha generado infinidad de polémicas, en un amplísimo arco que transcurre entre lo histórico y lo ideológico. Ambas corrientes, superadas hoy en el campo metodológico e historiográfico, incurrieron en un doble maniqueísmo que contuvo diferentes grados de tolerancia y de contradicciones.

Dentro de este contexto, el presente trabajo analizará y comparará cuatro trabajos biográficos dedicados a la persona de Rosas. Desde diferentes vertientes ideológicas, fuentes históricas y herramientas metodológicas, John Lynch, Manuel Gálvez, José Luis Busaniche y Enrique Barba, serán los autores convocados para el presente trabajo.

Los interrogantes planteados girarán en torno a los objetivos que en su momento cada uno de estos autores se plantearon en torno a su obra, y el enfoque y la mirada que le dieron a un momento determinado en la vida de Rosas.

Comenzaré hurgando en los objetivos declarados por cada uno de estos autores en sus obras. El primero de ellos es Manuel Gálvez, abogado, escritor, historiador y novelista nacido en Entre Ríos en 1882. Su producción literaria se extiende a lo largo de más de cincuenta años y comprende más de cuarenta libros. Su prosa, que tiene las virtudes y los defectos del realismo literario[2], se despliega en toda su magnitud en: “Vida de Don Juan Manuel de Rosas”[3] (1940), obra en la que se plantea como objetivos el “sacar a Rosas del ostracismo de la Historia” y arribar a la verdad a través de la imparcialidad, a la que él mismo define de la siguiente manera:

“… la imparcialidad consiste en estudiar el tema histórico sin prejuicios, con el anhelo de encontrar la verdad (…) siempre la verdad, en todos los momentos: este debe ser el lema del historiador y del biógrafo …”[4]

Esta imparcialidad manifiesta, no le impide a Gálvez sostener que Rosas es la “figura más viviente de nuestra historia” y que tiene derecho a figurar entre los grandes argentinos, no por haber privado de la libertad a sus compatriotas –aclara- sino por haber defendido a la patria contra las agresiones extranjeras.

John Lynch, director del Instituto de Estudios Latinoamericanos y profesor de la Universidad de Londres, escribió en 1981, “Juan Manuel de Rosas”[5], en el que propone:

“… Estudiar a Rosas es estudiar las bases originales del poder político en la Argentina, las grandes estancias y su formación, crecimiento y desarrollo. Comprender a Rosas es comprender más claramente la naturaleza de las relaciones de parentesco, de los vínculos entre protector y protegido, entre patrón y peón, clave de tantas instituciones políticas y sociales en América Latina. Comprender a Rosas significa comprender más a fondo las raíces del caudillismo, o dictadura personal, en el mundo hispánico, y discriminar más cuidadosamente hasta donde constituye una herencia del pasado colonial o cuánto de él deriva de la independencia y sus consecuencias…”[6]

Hablar de Rosas es, entonces, hablar de América Latina promediando el siglo XIX, tratando de explicar, a través de su persona, los mecanismos de poder de su clase dirigente.

Enrique M. Barba, ex presidente de la Academia Nacional de Historia, en la serie “Hombres de la Argentina”, escribe “Rosas”, capítulo destinado a establecer una semblanza del personaje, pero solo como parte de un contexto aún mayor, destinado a tratar de recorrer los caminos del unitarismo y del federalismo.[7] ¿Cuál era el conjunto de ideas políticas que Rosas defendía?, ¿tenía uno?.

“… una copiosa bibliografía, acepta como definitiva la posición federal de Rosas y califica, sin mayores recaudos críticos, de unitarios, a quienes fueron sus adversarios. No importa que en la hueste que lo combatió figurarán empecinados federales o enemigos acérrimos de los a veces mal considerados unitarios. La primera y distintiva habilidad política de Rosas, que la tuvo en grado egregio, fue la de confundir a todos.”[8]

Por último, José Luis Busaniche, con otras herramientas metodológicas, intenta acercarse a esta controvertida figura a través de un conjunto de testimonios dejados por quienes tuvieron la posibilidad de conocer a Rosas en vida en “Rosas visto por sus contemporáneos”[9], donde propone en su prólogo:

“ Fue mi propósito, al organizar los materiales de esta publicación, ofrecer un conjunto de lecturas encaminadas a proyectar en lo posible nueva luz sobre la compleja personalidad de don Juan Manuel de Rosas. Y como se tratara de cuanto habían dicho sobre él quienes lo vieron en su cuerpo mortal, y escucharon su voz, y vivieron siquiera unos instantes en el ámbito de su existencia cotidiana, ya en las orillas del Colorado, ya en la estancia del Pino, o en su despacho de gobernador, en su quinta de Palermo o en su Farm de Southampton, creí hacedero reducir mi intervención a lo estrictamente necesario para el ordenamiento y conexión de los textos escogidos.”[10]

Desde ya, los objetivos, propuestas metodológicas, fuentes y posicionamientos ideológicos son bastante disímiles. Será tiempo de analizar de que manera, cada uno de estos autores semblantea y caracteriza a Rosas como persona y como hombre político.

Como toda biografía que se jacte de tal,  la vida de Juan Manuel Ortiz de Rozas tiene un comienzo (nació en Buenos Aires el 30 de marzo de 1793),  etapas (juventud desarrollada en el ámbito rural, vida pública, derrota y exilio) y un fin, en el doble sentido que le otorga Bordieu,[11] de término y de meta.  Este ordenamiento cronológico y unidireccional es respetado tácitamente por cada una de las obras señaladas.

El comienzo es importante porque, siendo Rosas parte de una generación que protagonizó la lucha por la revolución y la independencia. Su actuación, o no, será interpretada de diferentes maneras. Enrique Barba contrapone a una juventud exaltada por los ideales de libertad, con un joven y retraído Juan Manuel que, no sólo no se compromete con la causa, sino que mientras tanto se enriquecerá merced a su empeño en las labores rurales. Este papel de espectador y hasta de opositor ideológico a la gesta de Mayo que le es atribuido a Rosas, ¿cómo es interpretado por el resto de los autores?.  Manuel Gálvez argumenta que Rosas no adhirió al movimiento de 1810 a causa de su “amor violento al orden”, y porque no creía en los que lo encabezaban, aristócratas y europeizantes, en una faceta más de un antagonismo que ha recorrido toda nuestra historia desde que Sarmiento y Echeverria  supieron plasmarlo en “Facundo” y en “El matadero”, la lucha entre la civilización y la barbarie. Si Barba nos muestra un Rosas frío, materialista y calculador (dejando entrever un motivo de índole económico en su desinterés político), Gálvez, por el contrario, nos muestra a un protagonista desinteresado que, diez años después, no dudará en abandonar y desguarecer sus tierras para salvaguardar el orden social amenazado por la anarquía y el desgobierno.

Lynch narra que Rosas fue uno de los muchos que se quedaron en sus casas durante la Revolución de Mayo, y lo atribuye –coincidiendo con Gálvez- a la preferencia que demostraba por el orden social colonial vigente hasta entonces, pero no a un desmedido apetito mercantilista. Por el contrario, relata que, por ese entonces no sólo no administraba la estancia paterna sino que trabajaba en el “Rincón de López” sin recibir salario alguno, tan sólo para aprender.[12]

José Luis Busaniche –último de los cuatro autores convocados a este pequeño recorrido- comienza el recorrido cronológico de la vida de Rosas, en 1820, época a la que corresponden las primeras referencias que sobre él han llegado hasta nosotros (se refiere a las memorias del General Gregorio Aráoz de Lamadrid, que conoció a Rosas en dicho año, que coincide con su iniciación en la política argentina), motivo por el cual nos priva de comentario alguno sobre el tema.

Surge luego, para el análisis, su aparición en la vida pública y su llegada al poder. ¿Cuáles fueron sus motivaciones?, ¿en que se basaba su ideario político?, ¿cómo se hace político?, ¿cuáles fueron las herramientas que utilizó para llegar al poder y cual su base de sustentación?. Muchos son los interrogantes, infinitas las respuestas.

Enrique Barba subraya el apoyo que Rosas le brindó a Martín Rodríguez, cuando este fue ungido como gobernador de Buenos Aires tras la caída del Directorio a manos de López y Ramírez. ¿Significó esta derrota el fin de la oligarquía porteña centralista del partido directorial?. Sabemos que no. Barba sostiene que el triunfo y posicionamiento de Rosas significó el afianzamiento de los intereses centralistas y la eliminación definitiva del auténtico partido federal porteño (al que Rosas –para el autor- no pertenecía).[13] Como ya vimos, este concepto es central en Barba. La única ideología que tiene Rosas es la del orden, su único interés, el propio. ¿Por qué se vuelca a la vida política?, aquí el autor se apoya en Lucio Mansilla: “lo hicieron los sucesos”. Así, en  otro componente esencial del relato biográfico, el momento en el que el protagonista se encuentra ante una encrucijada, trampa o emboscada del destino, son coincidentes Barba , Lynch y Gálvez, al despojar de decisión propia a un Rosas que, superado y llevado por las circunstancias, se dirige a su cita con el destino, con su ejército hacia la anárquica Buenos Aires de 1820.

“ … ¿Quién podría arriesgar que sus bien provistas estancias fueran ocupadas o saqueadas por montoneros que escapaban al empobrecimiento de sus propias provincias? Rosas, en particular, estaba listo para acudir. Hasta entonces no había buscado nombramientos públicos. Pero en ese momento (…) apareció por primera vez en un papel político, llevado de manera irresistible por la fuerza de las circunstancias…”[14]

“… “El 8 es el juramento ante la Legislatura (…) Rosas habla: de sus sacrificios, de que se le ha confiado un destino penoso (…) Pero las circunstancias han podido más que todo, y por su influjo lo he aceptado.”[15]

Más allá de las circunstancias y del destino, Barba atribuye la intervención pública de Rosas, a la defensa de un orden económico establecido, que lo encontraba entre sus beneficiarios, y que no pensaba perder. Para Manuel Gálvez, la misma causa que lo alejó de la Revolución de Mayo, lo convocó a Buenos Aires en 1820, el mantenimiento del orden, sólo que en este caso, la pluma de Gálvez, transporta al lector a una gesta heroica en la que Rosas va en busca de su destino.

Consecuencia directa de todo lo sucedido desde 1821 (Gobierno de Martín Rodríguez) hasta 1828 (fusilamiento de Manuel Dorrego), resultó la elección de Juan Manuel de Rosas como gobernador de Buenos Aires en 1829.

Gálvez nos narra solemnemente, la unción del gobernante, de cómo primero se constituye la dictadura (otorgando facultades extraordinarias) y de cómo después se lo nombra casi unánimemente. Y en una síntesis cuasi perfecta señala: “Han triunfado el prestigio y el pánico”[16], donde combina las dos facetas que más caracterizan a Rosas y que han sido enfatizadas en mayor o menor grado según se trate de sus detractores o sus panegiristas. No niega los excesos del Restaurador, pero los atempera al afirmar que no gobernó jamás en épocas normales[17]. Reconoce la dictadura, pero atempera sus efectos ante la fuerza del contexto[18] porque “los hombres de entonces, como los de la Revolución Francesa, creían compatible la dictadura con la democracia”. Lynch coincide con esta apreciación. El sector dominante de la sociedad le otorgó las Facultades Extraordinarias, porque creía esos poderes necesarios para terminar con el conflicto social, la inestabilidad política y el deterioro económico (además de conservar la hegemonía de los estancieros).

Enrique Barba utilizará los siguientes conceptos: concentración de poder al extremo, domesticación de las provincias, miedo, terror, gobierno dictatorial; describe así a esta etapa, profundizando el análisis sólo a la hora de caracterizar las bases del poder rosista: el ejército, la oligarquía ganadera anglo-criolla y los comerciantes ingleses, en una enunciación a la que me parece le faltan algunos actores sociales a considerar.

Quien si hace un análisis más pormenorizado de la sociedad rosista, es Lynch (obviamente estoy hablando de un trabajo de mayor envergadura que el de Barba), recurriendo a viajeros extranjeros que visitaron estas tierras (como MacCaan, Darwin, entre otros), datos estadísticos y censales además de una copiosa literatura gauchesca. Para él Rosas se identificaba culturalmente con el gaucho, y lo favorecía, a punto tal que ponía en peligro al orden social que los relegaba “naturalmente” a la pobreza y al trabajo servil. Invariablemente, las clases bajas del campo y de la ciudad, los sectores populares, constituían también una de las bases del poder rosista. Pero comportarse como un gaucho (todas las biografías citadas abundan en ejemplos en los cuales Rosas se transformaba en un gaucho como el que más), no significaba necesariamente representarlo o elevarlo.

Aquí quisiera detenerme un momento, porque es donde los biógrafos interpretan de manera muy diferente a los mismos hechos. Quizá porque dentro de esa conceptualización (que forma parte del relato biográfico) en la que la vida obedece a un conjunto de acciones coherentes y ordenadas destinadas a cumplir un proyecto original, muchas veces, ese proyecto no es el del protagonista de la historia, sino del historiador, quien es el que selecciona los acontecimientos a narrar (o los considera más significativos que otros) y que a veces, en la búsqueda de otorgarles una determinada coherencia, fuerza esas relaciones, logrando una creación artificial de sentido. Conocida es la conversación mantenida entre Rosas (recién nombrado gobernador) y el enviado uruguayo Santiago Vásquez (diciembre de 1829) en la que él narraba como había trabado relación con “las clases bajas” y como se había “agauchado” él mismo con el único objeto de poder controlarlos. Lynch incorpora a esta fuente una opinión de Charles Darwin, en ocasión de su paso por estas tierras:

“Por estos medios, y adoptando las ropas y costumbres de los gauchos, ha obtenido una ilimitada popularidad en la región, y en consecuencia, un poder despótico.”[19]

Lynch atribuye esta actitud al papel patriarcal que cumpliría Rosas en una sociedad rural en la que “el verdadero padre estaba huyendo o era desconocido[20]”. Rosas, arquetipo del caudillo, corporizaba el paternalismo en una sociedad en la que el gaucho era una figura relegada, discriminada y hasta perseguida. Estas características, ¿convertían a Rosas en un verdadero populista?. Para el autor, la imagen del gobernante estaba condicionada por sus intereses económicos, pero no basada en una actitud de desprecio o de crueldad. A esta semblanza de Rosas, Enrique Barba le incorpora una personalidad fría, calculadora y hasta hipócrita. En contraposición,  la visión de Gálvez, nos muestra al caudillo como a un gaucho más, pero no por interés, sino como una lógica consecuencia de una crianza en el campo, donde ha pasado parte de su niñez entre peones e indios amigos, que frecuentaban la estancia o que allí trabajaban. Inteligente, intuitivo, de una férrea voluntad (que para Gálvez lo conduce “lógicamente” al despotismo), con una gran capacidad dialéctica, socrática, cualidades a las que Rosas agrega una astucia prodigiosa.

“La astucia es cualidad del gaucho (…) junto con su sencillez campesina y sus hazañas de jinete, le han atraído la admiración de los gauchos. Lo sienten como a uno de ellos, pero más vivo, más capaz de picardías y de jugadas que cualquiera de ellos.”[21]

Aquí claramente, Rosas no sólo es un gaucho más, sino que es mejor que cualquiera de ellos. Las contradicciones son evidentes. En el trabajo de Barba, sus cualidades devienen en defectos, mientras que para Gálvez, son rasgos que enaltecen su personalidad.

¿Benevolente déspota?, ¿tirano despiadado?. El leviatán de Lynch detestaba los valores del liberalismo encarnados en el humanismo y el progreso, se oponía a las doctrinas constitucionales y fue, antes que federal, un centralista a favor de la hegemonía de Buenos Aires. Enrique Barba, coincidente con este enfoque, señala además que el tirano buscó el exterminio y la eliminación de un adversario que, sufría desde la imposibilidad de ejercer su profesión u oficio, hasta embargos, confiscaciones, encarcelamientos, tortura y muerte.

Este clima denso, agobiante, que cercena las libertades públicas tronca en un aire festivo y popular, en una Buenos Aires que se arroja a las calles para aclamar al que será su amo[22], en un relato en el que Gálvez expresa que se han “unificado los espíritus”. Sólo deberán temer unitarios y cismáticos, señalados desde la proclama del gobernador como “pérfidos y traidores” que serán perseguidos a muerte en una “persecución que sea tan tenaz y vigorosa que sirva de temor y espanto a los demás que puedan venir en adelante”[23] . Rosas castiga al unitario traidor que sería capaz de desmembrar al país si esto sirviera para lograr sus propósitos. Los destituye de sus cargos en la administración pública, da de baja a once coroneles, veintidós teniente coroneles. Veintiséis sargentos mayores y ciento ocho oficiales. Y en lo que para él es justicia estricta, hasta llega a quitar la jubilación a algunos retirados. Pero, al fin y al cabo, como todo buen padre, al castigo le sigue el acto benevolente. Jubila al padre de Lavalle, y al hermano lo nombra Tesorero de la Aduana. Elimina “para siempre” la pena de confiscación (decreto del 20 de mayo de 1835), Rosas, el “perverso” y el “monstruo”, no confiscará los bienes de sus enemigos, como los confiscaron los patriotas de la Primera Junta, como confiscaron los generales unitarios Paz y Lavalle, o los gobernantes de 1815. Hasta es benévolo cuando obliga a todo ciudadano a jurar fidelidad a la Santa Federación, porque muchos unitarios que son empleados o militares salvan sus vidas a la sombra de un juramento que sólo les exige la enunciación de palabras rituales, sin corroborar su sinceridad. Puede observarse así, como los hechos son claramente interpretados de diferente manera, como la impronta del escritor impone sus convicciones y como la vida del protagonista muta en un mar de elucubraciones. Resulta obvio señalar, que no es este un pecado solamente atribuible al relato biográfico. Verdad y objetividad son dos metas fáciles de proponer, a la vez que difíciles de alcanzar.

Por último, resulta interesante observar como la biografía histórica puede también servirle a su autor, para sentar posiciones respecto de otros tiempos históricos. Es construida así una historia de vida como una sucesión de acontecimientos lineales destinados a dotarle de un sentido determinado (a veces por el protagonista, otras tantas al autor).

Lo que primero impresionó a Rosas fue la ilegalidad reinante en el campo. Y esta vívida captación de la anarquía incipiente generó en él la determinación de conquistarlo, primero en su propio ambiente, luego en el mundo político que se abría más allá.


[1] “Nueva Escuela Histórica”, concepto acuñado por Juan agustín García desde los “Anales de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales”, en 1916.

[2] DIANA QUATTROCCHI-WOISSON, “Los males de la memoria, Historia y política en la Argentina”, Buenos Aires, Emecé, 1995,página 181.

[3] MANUEL GÁLVEZ, “Vida de Don Juan Manuel de Rosas”, editorial Tor, 5º edición, Buenos Aires, junio de 1953.

[4] M. GÁLVEZ, Ibídem, página 13.

[5] JOHN LYNCH,  Título original: “Argentine Dictador Juan Manuel de Rosas, 1829-1852”, originally published by Oxford University Press. En Argentina, “Juan Manuel de Rosas”, Buenos Aires, Emecé Editores, 1984.

 

[6] J. Lynch, Ibídem, página 9.

[7] Camino varias veces recorrido por Enrique Barba en otras de sus obras. Ver: “Unitarismo, federalismo, rosismo”.

[8] ENRIQUE M. BARBA,  “Rosas”, en Hombres de la Argentina, Buenos Aires, Eudeba.

[9] JOSE LUIS BUSANICHE, “Rosas visto por sus contemporáneos”,  Buenos Aires, 1986, Hyspamérica ediciones. 1º edición, en 1955.

[10] J. L. Busaniche, Ibídem, página 7.

[11] PIERRE BORDIEU, “La ilusión biográfica”, extraído de Actes de la Rechereche en Sciences Sociales, N. 62/63, París, junio de 1986. En Ciencias Sociales, Nº 23, Buenos Aires, 1995, página 10.

[12] J. Lynch, Op. Cit., página 21.

[13] E. Barba. Op. Cit., página 108.

[14] J. Lynch. Op. Cit., página 33.

[15] M. Gálvez, Op. Cit., página 108

[16] M. Gálvez, Op. Cit., página 107.

[17] A tal efecto, cita a uno de los más férreos opositores a Rosas, Florencio Varela, quien en “El comercio del Plata”, en 1846 escribió: “Desde que subió al gobierno, en 1829, no ha habido un solo día sin guerra civil en las provincias argentinas (…) Buenos Aires ha tenido una guerra exterior con Bolivia, dos con Francia, una con Inglaterra y otra en el Estado Oriental, que dura hace ocho años…”. Citado en M. Gálvez, Ibidem, página 9.

[18] Este recurso es también utilizado por otra pluma revisionista, la de Ernesto Palacio, en su “Historia de la Argentina”, cuando compara la situación de excepción en el Río de la Plata con la del mundo occidental, y cuando identifica políticamente a Rosas en una tradición política que incluiría a estadistas contemporáneos fundadores de nacionalidades (Cavour o Bismarck).

[19] Charles Darwin, citado en J. Lynch, Op. Cit., página 109.

[20] J. Lynch. Op. Cit., página 108.

[21] M. Gálvez. Op. Cit., página 238.

[22] M. Gálvez. Ibídem., página 207.

[23] Proclama de asunción como gobernador de Juan Manuel de Rosas, 13 de abril de 1835. Citado por M. Gálvez, Ibídem, página 209.

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